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  |   En horas de oficina, Elvira y Don Alberto

– No sé porque tengo que cargar con toda esta responsabilidad. Elvira, mi departamento no tiene que hacer gestión de cobros… para eso están los ejecutivos con cara de sepulturero que tenemos en la compañía.
– Sí, Don Alberto, pero yo tan sólo le transmito el comentario del Dire.
– Faltaría más. Encima que nos cuidamos de la venta, y en más de una ocasión del diseño del producto, no me van a endosar ahora los cobros…
Hacia unas semanas que en la reunión de comité, el Director General anunciaba una cierta reducción de estructura y el paso a una distribución de funciones, en algo que él calificó de “multifunción integrada”, que venía a ser, en versión de Don Alberto, algo así como “soluciona todos los problemas y rinde cuentas sin contar con más recursos que los que ahora tienes”.
¿Recursos? pensaba Don Alberto. Cuatro vendedores mal pagados con una presión de mercado como nunca se había visto y con la rigidez de una tarifa propia de una empresa monopolista.
– No voy a aceptarlo, por muy Director General que sea. Subo a verlo.
– Cálmese Don Alberto, ya sabe que no le conveniente excitarse… la presión.
Elvira sabía positivamente que aquella explosión de inconformismo era una descarga de tensión que su jefe se permitía, a solas o con ella en su despacho, y que luego, al salir del departamento todo eran sonrisas al uso comercial y sutiles ironías en voz baja.
– Pase, pase precisamente quería verle para felicitarle. ¿Sabe Alberto? Su departamento es el único que no ha planteado problemas con la implantación del nuevo sistema. Bien es cierto que faltan por poner en marcha algunos aspectos, pero por lo que veo la aceptación ha sido total. Mire estoy seguro que verticalizando la gestión entraremos rápidamente en beneficios y eso será el seguro de subsistencia.
– Sí claro, es lógico y… para eso estamos.
– Quería pedirle un esfuerzo adicional. Sé que es usted la persona indicada y que de hecho ya hace esta labor nueva de motu propio. El estudio de riesgos en base a esos nuevos ratios.
Míreselo y dígame alguna cosa. No hay prisa, de hecho pensaba que el mes que viene podría implantarse definitivamente con lo que nos ahorraríamos unos costes…
– Pero ¿no lo hacia Ramírez? y…
– Sí, sí pero se han producido ciertos cambios. De hecho estoy estudiando unos traslados y jubilaciones… Por descontado que esta conversación es confidencial.
– Jubilaciones, traslados… yo creía que el plan que nos presentó era definitivo.
– Amigo Alberto, no hay nada definitivo y estamos en una carrera de obstáculos que sólo superamos unos cuantos.
– Cuente conmigo, no hay problema, eso está hecho.
El ascensor lucía el cartel de no funciona y bajó por la escalera con la mirada fija en el nuevo documento de ratios de riesgo entregado por el director. Había olvidado hablarle de sus quejas. Volvía más cargado de trabajo y sentía sus hombros pesados, sus articulaciones rígidas, sus párpados cansados y al pasar frente al espejo de recepción descubrió una imagen anciana, con traje gris y expresión canosa.
Elvira analizó sus pasos trasparentes y entró en su despacho con la carpeta etiquetada como «multifunción integrada». Sin mediar palabra le acercó la bandeja con el café y una aspirina. No le pasó llamadas en toda la tarde.
Ya en su mesa, encendió un cigarrillo y reflexionó sobre la conveniencia de solicitar por fin que se remuneraran sus horas extras. De hecho, pensaba, el agobio de su jefe duraba poco. La carga de trabajo adicional se desviaba siempre hacia ella. Menudo trimestre se le venía encima. «Me compraré un bolso» se dijo… me alivia la tensión. A Don Alberto le sale más barato. Cara de agobio, llorar a mis hombros y traspaso de papeles. Yo tengo que comprarme algo, si no reviento.