LA CARTA
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LA CARTA

  |   En horas de oficina, Elvira y Don Alberto

Muy Sr. mío:.. No. No es correcto. De entrada no se si será «muy». En principio puede aceptarse lo de «señor», por aquello de valor, se le supone y de lo que estoy segura es que no es «mío». Ni ganas. De momento tan solo recuerdo vagamente su cara y he oído en muy pocas ocasiones hablar de él.
Elvira reflexionaba ante su bloc de notas dispuesta a redactar el encargo de su jefe. Tenía un día crítico. Lo cuestionaba todo hasta el más mínimo detalle.
Se acercaban las fechas de la confección de presupuestos y Don Alberto se veía obligado a realizar consultas a sus colaboradores, para agrupar las impresiones y contrastarlas con lo que ya tenía previamente decidido. El tema siempre era delicado ya que, para guardar las formas, se imponía un tono democratizador en la toma de decisiones.
La idea era simple. Individualizar los contactos. Nada de reuniones durante esta época y mantener a los miembros de organización sin la información global. Jugar con el sentimiento competitivo de cada uno y sólo al final reunirlos para dar los resultados esperados de conjunto y la cuota proporcional a que se debían comprometer.
La carta era importante y precisaba concentración y solemnidad en su redactado.
A primera hora de la mañana había llamado a la señorita Elvira para tomar nota. Paseando a lo ancho de su despacho recitaba las frases una y otra vez, cambiando matices y buscando la palabra adecuada para ser convincente y concreto.
El ritmo era lento. Lentísimo.
– Si lo desea vuelvo más tarde, Don Alberto… si quiere pensarlo…
Don Alberto clavó la mirada en el rostro de Elvira, sin alzar la cabeza, por encima de sus minigafas graduadas de serie. Se diría que estaba un poco mosca. No vertió ningún reproche. La mirada bastaba. No le apetecía la discusión aunque se apercibía del balanceo nervioso de la pierna de su secretaria. Deseaba, no obstante, mostrar su disconformidad ante aquella actitud contestataria.
– No, si no tengo prisa, se apresuró a aclarar Elvira, es que tengo pendientes las fichas de este mes y mañana se acaba el plazo. Se daba cuenta de que el horno no estaba para bollos y quedó inmóvil en postura forzada, bolígrafo en mano y evitando la mirada punzante de su jefe. Pero creía tener razón.
Llevaba diez minutos con el muy señor mío que a ella se le antojaba absurdo y se moría de ganas de decirlo.
– Los objetivos del próximo ejercicio deben establecerse en… no, no, no deben establecerse… recitaba Don Alberto, ¿como podría decirlo? Los objetivos requeridos…
Tanto da, pensaba Elvira, todos los años igual y los destinatarios ya saben lo que va a ocurrir al final… Un diez por ciento más, y punto. Sin discusión posible. No entendía tanto formalismo.
– Le adjunto con la presente… seguía redactando.
Qué tontería. Pensaba la escribana responsable, si me dejara hacerlo a mi manera les diría: le envío tal o cual cosa, y me dejaría de frases hechas.
No estaba de acuerdo con los criterios de pulcritud formal que requería su jefe, combinados con la falta de originalidad y estandarización de sus redacciones. En una ocasión había repetido cinco veces un texto por cuestiones de estética en los espacios de interlineado y centrado de la mancha escrita en el papel. Por el contrario era poco exigente consigo mismo en el estilo de la redacción. Copiaba tópicos aprendidos en cuadernos antediluvianos tipo “cómo escribir correspondencia comercial”. Elvira sabía el efecto que causaba un redactado distinto, directo.
Pensaba en las notas que le enviaba uno de los socios de la compañía. Frases personales, escritas con estructura novelada, creando expectativa e incitando a su lectura. Era inevitable leerse el texto completo y sobre todo era ameno. Enfadada con su jefe, cuestionándole su altura intelectual, pensaba: sólo falta que me dijese de «Dios guarde a usted muchos años». No sé porqué se ha de presuponer que todo el mundo cree en Dios. Se dice que la sociedad occidental crece en agnosticismo y no será el destinatario una excepción.
– Le saluda atentamente… Eso sí. Eso es correcto y si me apura muy atentamente. La educación y los buenos modales no ocupan lugar. Los convencionalismos sí. Mejor no protestar, total, es una carta más.