Jordi Adell | ORDENO Y NO MANDO
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Ordeno y no mando 2

ORDENO Y NO MANDO

En horas de oficina, Elvira y Don Alberto

Pisar lo blanco y no el asfalto al cruzar un paso cebra, o caminar casi saltando para conseguir baldosa sí, baldosa no, en la acera ciudadana, son manías que algunos mortales urbanos mantienen, ya superada la niñez.
Elvira pertenece a ese grupo. A pesar de su edad avanzadilla, se encontraba a gusto con estos tics infantiles. A veces se avergonzaba y procuraba mantener una postura digna. Mirada en alto, disimulando, aunque de reojo vigilaba la perfecta sincronización de sus movimientos, no fuera a darse el caso que inflingiera el reglamento pisando donde no debiera.
A Elvira le preocupa la norma, el estricto cumplimiento de lo establecido y hasta en sus elucubraciones mentales aplica un determinado orden que mantenga un sereno equilibrio.
Su despacho, antesala del de Don Alberto, daba la sensación de ser un piso de muestra. Todos los elementos situados simétricamente, se parecía más a un decorado que a una oficina.
Nunca extraviaba nada. E1 archivo personal tenía códigos distintos que daban la pista para localizar cualquier dato. De alguna manera éste era uno de sus retos personales y consideraba haberlo superado con éxito. A menudo jugaba contra sí misma cronometrando el tiempo necesario para encontrar algún nombre o cifra aparentemente perdida en el olvido.
Sonó el teléfono,
– Buenos días, ¿dígame?-…-Sí Don Alberto, estará todo a punto al mediodía, de hecho, ya casi lo tengo listo.- Hasta luego, esté tranquilo que estará todo.
Colgó el teléfono procurando no crear ninguna vuelta de más al cable del auricular, y rápidamente, sabiendo que el jefe tardaría en regresar se abalanzó hacia la mesa de su despacho a ordenar los mil y un papeles que Don Alberto tenía en exposición permanente, como decía él “para no olvidarse de nada”.
Lo tenía prohibido, pero podía darle la culpa al equipo de limpieza, eso sí, sin personalizar.
No podía soportar aquel desorden y la apariencia de dejadez del Director Comercial que, si bien cuidaba su persona, era un desastre -pensaba Elvira- con las cosas.
– Qué tal Elvira, ¿todo en orden?
– Sí, claro, todo completamente en orden. Su respuesta fue acompañada de una ordenada coquetería con el quita y pon de sus gafas de ver. Las lentillas se resistían a adaptarse y había sufrido mil y un fracasos debido a una combinación rarísima de patologías ópticas.
– ¿Y el informe?
– Todo listo. Está sobre su despacho.
Efectivamente, centrado completamente. Paralelo a los lados de la mesa, inmaculada, lucía la carpeta encuadernada y dos notas adhesivas acompañándole.
Que incómoda le resultaba a Don Alberto aquella pulcritud. Se sentaba frente a un altar vacío y no podía relajarse perdiéndose entre los múltiples papeles solícitos de atención. Se veía obligado a planificar una cadencia de trabajo, un orden determinado y esto suponía un esfuerzo adicional.
– Elvira, ¿quién ha tocado mi mesa?
– Hemos cambiado de empresa de limpieza… no sé decirle, pero me cuidaré de avisar.
Mentira piadosa que era disculpable ya que el bien era el orden y esto era un principio general.
Elvira ignoraba aquello del libre albedrío, y en general cualquier forma heterodoxa, de planteamiento de vida, y de trabajo, claro.
Anochece. Don Alberto, de pie junto al ventanal de su despacho se toma un descanso antes de dar por concluida la jornada.
Se irá sin haber localizado aquel pedacito de papel donde escribió apresuradamente el teléfono rotulado en una furgoneta de reparto.
Estaba seguro de tenerlo sobre la mesa. Ahora vuelve a tener la oficina revuelta, pero el ridículo papel no aparece. Qué extraño, pensaba, nunca pierdo nada y este número lo necesitaba.
Mientras tanto, Elvira daba brincos por la calle. No pisaba ni una raya de adoquín.