Jordi Adell | IR DE MARCAS
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IR DE MARCAS

En horas de oficina, Elvira y Don Alberto

Aquel era un día absolutamente depresivo. Los colores y el clima frío de la sociedad incitaban a introvertirse y caer en la más profunda de las simas.
Don Alberto no era una excepción entre los mortales, y a la tristeza general se unía el sentimiento de culpabilidad por no haber sabido conversar adecuadamente con su hijo mayor.
Tolerante con las formas externas, que se parecían mucho a las suyas de los años sesenta, no llegaba a comprender las actitudes poco responsables y casi irreverentes del quinceañero.
Cuando se oía a sí mismo parafrasear a su padre -el abuelo- en aquellos años, se ruborizaba por el elevado tono de voz.
– Estas zapatillas no serán de marca, pero son tan buenas como las mejores.
– No papá, no insistas. No pienso ponérmelas, prefiero ir descalzo.
– Pues te las vas a poner “porque lo digo yo”.
En este punto sí que el rubor era más que patente. Se ocultó tras la copa de coñac sorbiendo un buen trago que le resultó de fuego.
Porque al fin y al cabo, objetivamente, las zapatillas que traía -regalo de Luis, el representante de La Rioja- tenían muy buena pinta y sólo se diferenciaban de las mitificadas por su hijo en aquel ribete de color y la marca ostentosamente visible.
– Dónde iremos a parar… Yo a tu edad…
– Nueva frase tópica que sonaba más a batallita que a razonamiento de historia comparada.
En sus tiempos, aunque reconocía que había una cierta mitificación de algunos productos, su gente consideraba las cosas por su propio valor. Había una cierta propensión al consumo de productos caros justificada por la ausencia de sustitutivos. Eran piezas únicas. No había réplica posible a las gafas de sol o a los jeans – antes tejanos – a los que se aspiraba. Sin embargo era un deseo no siempre colmado.
La depresiva ráfaga quedaba fuera del contexto personal de Don Alberto.
Además era miércoles y escuchó por la radio a una pitonisa explicando el nombre del día. Dedicado a Mercurio. Dios del Comercio, de la elocuencia y de los ladrones. Quedó desconcertado ya que, como comercial de toda la vida, se tildaba de elocuente – menos frente a su hijo – pero nunca de ladrón… La honradez personal siempre por encima de todo… Al menos este era su autoanálisis.
– Buenos días, Elvira.
– Bffff
– Caramba, ¿no está de buen humor o está dormida?
– No me hable, huelga de metro, y el autobús… infernal.
Parecía claro que era un día propicio para contemplar peatones tras la ventana y dedicarse a la colección de sellos.
Sonó el interfono…
– Don Alberto, le pasó la firma.
Desenfundó su pluma Everest con parsimonia, buscó en el cajón de la izquierda un Habano del cuatro y contempló la fogata de su Tusón de oro antes del “clic” característico del cierre. En su despacho se mezcló el aroma del cigarro con la estela de su colonia favorita, Eaux Soumis, y comprobó en su Rólex el tiempo que le quedaba hasta la reunión de mañana.
– Recuerde, Don Alberto que come en José Luis con aquel amigo suyo del descapotable
– Sí, sí… ya sé.
Le hablaría de su hijo. Él tiene uno de misma edad. Seguro que le entendería.
Acabaron hablando de sellos. Su amigo tenía una valiosa colección que pretendía venderle.
El precio era de oferta y sólo se desprendería de ella si pasaba a manos conocidas. En realidad era una ganga. Total, a mitad de precio de catálogo. Suponía un fuerte desembolso pero, al fin y al cabo era una inversión.
– Mi hijo -pensaba- no distinguiría entre inversión y consumo. Yo siempre lo he tenido en cuenta. Y, además, en el club filatélico se enterarán de la compra…
Se hizo socio del club por indicación de su amigo, el del descapotable, y para entablar relaciones, que siempre son convenientes. Nunca le habían interesado los sellos, pero sabía que podría codearse con los tal y los cual… En fin, apellidos de marca.