Jordi Adell | ALKA-SELTZER
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En horas de oficina, Elvira y Don Alberto

John Montagne era un empedernido jugador de póquer. No quería perder el tiempo en trivialidades mundanas como el almuerzo o la cena en largas sesiones protocolarias. Inventó algo que luego se le hizo famoso y ha dado lugar a más de un negocio multinacional. Se hacía preparar algunos fiambres entre dos trozos de pan. Podía seguir jugando mientras comía. John Montagne era el conde de Sandwich y nos dejó una herencia de prisas, obesidades e indigestión.
– Elvira, mire de encargarme un bocata. Tengo que acabar el informe y a las cinco en punto empezamos la reunión.
– No lo haga Don Alberto. Lleva toda la semana igual y luego pasa lo que pasa.
– Algo ligero, vegetal. Será el último día.
Esta era una conversación que se repetía a menudo y toda la planificación que pudiera hacerse, contaba con la elasticidad del tiempo que, generosamente, concedían las horas del almuerzo en solitario.
El teléfono de la secretaria sonaba insistentemente sin respetar las horas de descanso del personal.
– Señorita Elvira, soy Damián de Pozuelo, ¿está Don Alberto?
– Sí, pero ahora no se le puede molestar.
– ¿Molestar? yo nunca he tenido la sensación de molestar.
– Bueno, quiero decir que está reunido (mentira piadosa porque estaba solo) y no debemos interrumpirle.
– Esto es otra cosa. Pero fíjese en el comentario que me ha hecho. ¿Y si hubiese llamado un cliente?, ¿usted cree que a un cliente le gustaría saber que su presencia es una molestia para nuestro Director Comercial?
– No, no. Ya entiendo, perdone era tan solo una frase hecha.
Era una frase hecha como tantas otras que decidimos incorporar a nuestro lenguaje diario y que distorsionan la comunicación.
Sin embargo Elvira pensó que en aquella ocasión le había traicionado el subconsciente porque estaba segura que la llamada del Sr. Damián, el delegado de Pozuelo, importunaría a su jefe. No en vano ella tenía acceso privilegiado al pensamiento del Director Comercial y a los dossiers que manipulaba.
Don Alberto tenía que decidir la opción más adecuada y estaba solo para hacerlo. Cuanta más alta era la posición jerárquica en la empresa menos apoyo le parecía tener. El poder no era como él se lo había imaginado. Contaba con colaboradores, pero al final era él quien tomaría el peso de la decisión.
Prescindir de un personaje que llevaba vinculado más de quince años a la empresa era realmente duro.
Siempre se habían cuestionado los métodos de trabajo de Damián, pero hasta el momento todo quedaba en la ironía continuada, en la caricatura, el mote que servía para amenizar los almuerzos de empresa, el cotilleo interno que buscaba a Damián como una de sus víctimas predilectas.
Ahora era distinto. Ante la clara consigna de reducción de costes de personal, Don Alberto tenía que comunicar el despido como única solución posible para cumplir objetivos.
Aquel bocadillo rezumaba ketchup y aros de cebolla y ponía en constante peligro la pulcritud de los expedientes y los cálculos de las liquidaciones realizadas por D. Alberto.
Dentro de escasos momentos empezaría la reunión y tenía que estar seguro de los costes ¿La oportunidad de la decisión? La sustitución prevista, la manera de comunicarlo a Damián, ¿el argumento real y piadoso que debía emplear? ¿El momento oportuno? ¿El lugar? La persona para hacerlo… La persona era él. Al fin y al cabo era de su departamento. ¿Pero los de personal conseguirían el objetivo sin esfuerzo y vender es duro? pero despedir… eso es otra cosa.
Estaba pensando como hacerlo. Lo mejor es la rapidez; sin demasiados adornos, una conversación directa. Le diré: ” Damián hemos decidido prescindir de tus servicios” No, eso no. Se podría echar a reír pensando que es una broma. “Damián la compañía ha establecido unos objetivos….” No, eso tampoco. Suena a receta estándar y nadie cree ser molesto o ineficaz…
Al día siguiente Damián entra en su despacho con su habitual sonrisa inoportuna. Don Alberto consternado y con el abdomen encogido se acercó a estrecharle la mano.
– Damián llevo unos días comiendo bocata; y me están destrozando el estómago.
– ¿Almorzamos fuera?
– De acuerdo, pero pago yo. Tengo algo que decirte y conviene regarlo con un buen rioja. Me voy de la compañía y necesito que me apoyes para que me dejéis marchar.
– ¿Cómo?, ¿que te vas?… bien, si es para mejorar, cuenta conmigo. Elvira, déme un alka-seltzer.